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Débil y fragmentado: ¿Por qué el sistema de partidos guatemalteco es así?

Por Henrique Arévalo Poincot
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Guatemala posee uno de los sistemas de partidos políticos más débiles de América Latina. Su fragmentación legislativa, escasa cohesión ideológica y alta tasa de cancelación de organizaciones partidarias son síntomas persistentes de un sistema poco institucionalizado. ¿Por qué el sistema de partidos guatemalteco es así? El resultado de entrevistas con más de 30 actores centrales de la política guatemalteca—diputados, dirigentes de partidos, funcionarios públicos, alcaldes y académicos—sugiere que, lejos de responder a una sola causa, la debilidad partidaria en Guatemala podría ser consecuencia de herencias históricas, distorsiones estructurales y prácticas políticas contemporáneas que se refuerzan mutuamente, impidiendo la consolidación de partidos programáticos e institucionalizados.

El sistema de partidos políticos en Guatemala y la región 

La debilidad de los partidos políticos no es un fenómeno exclusivo de Guatemala, pero su caso es particularmente extremo en el contexto latinoamericano. Según indicadores del Varieties of Democracy y el Latinobarómetro, el país combina algunos de los niveles más bajos de confianza ciudadana en los partidos —inferior al 15%— con uno de los grados más altos de volatilidad electoral y fragmentación legislativa de toda la región.

Desde 1985, más de ochenta partidos han competido a nivel nacional en Guatemala, pero la mayoría ha desaparecido tras una o dos elecciones. Esta dinámica se refleja en una fragmentación legislativa persistente: en la última década, el Congreso ha oscilado entre 11 y 19 bancadas. El Número Efectivo de Partidos (NEP)—que mide no solo la cantidad de organizaciones, sino también su peso relativo en votos o escaños—sitúa a Guatemala entre los sistemas más fragmentados del mundo. En la elección más reciente, alcanzó un NEP de 7.26, reflejo de la presencia simultánea de numerosos partidos medianos y pequeños sin predominio claro. En contraste, México registra un NEP de 2.23 y Costa Rica de 4.9, lo que refleja  una menor cantidad de partidos, que son más fuertes. Esta fragilidad también se observa a nivel presidencial, donde ningún partido ha logrado reelegirse y pocos sobreviven al término del mandato.

Número total de bancadas por legislatura

VI (2008-2012): 11 partidos

VII (2012-2016):  14 partidos

VIII (2016-2020): 14 partidos

IX (2020-2024):  19 partidos

X (2024-2028): 17 partidos 

¿Por qué el sistema de partidos guatemalteco es así?

A primera vista, ni el sistema electoral ni los clivajes sociales (religión, nivel de ingreso, urbanización, etnicidad) difieren sustancialmente de los de otros países centroamericanos que, pese a condiciones similares, han desarrollado partidos más fuertes y estables. Este contraste motivó la realización de más de treinta entrevistas con diputados, dirigentes partidarios, funcionarios públicos, alcaldes y académicos para explorar cómo conciben ellos mismos la dinámica del sistema guatemalteco. Los resultados revelan una serie de explicaciones diversas que, en conjunto, apuntan a un círculo vicioso donde partidos débiles, liderazgos personalistas, clientelismo y desafección ciudadana se refuerzan mutuamente.

A continuación se presentan cinco factores que, de acuerdo con las percepciones de los entrevistados—y no como hechos comprobados ni juicios propios—, ayudan a explicar por qué el sistema de partidos en Guatemala se mantiene débil.

Líderes, caciques, caudillos y personalismo

Una primera dimensión que resaltan las entrevistas es el peso central del personalismo en la política. Los entrevistados reconocen que en todo tipo de organizaciones en Guatemala las dinámicas giran en torno a una figura individual más que a un proyecto colectivo o ideológico. En los partidos políticos esto se acentúa, ya que suelen organizarse alrededor del candidato presidencial, que concentra atención y recursos. La militancia, los aspirantes a alcaldías o al Congreso, e incluso los votantes, se movilizan más por la persona que encabeza la boleta que  por afinidad ideológica. En este contexto, el caudillo no es visto como una barrera, sino como la norma esperada en los partidos. 

En paralelo, en el ámbito local predominan los caciques: líderes comunitarios, alcaldes, empresarios e incluso actores ilícitos que controlan votos y recursos en sus territorios. Dado que la ideología partidaria no es un factor de atracción, partidos y caciques entran en un proceso constante de negociación. Los partidos ofrecen candidaturas y promesas a cambio de votos; los caciques aportan la maquinaria de movilización territorial. El resultado es un conjunto de partidos que funcionan como franquicias electorales más que como organizaciones cohesionadas. La dependencia estructural con estos actores locales es tal que, sin ellos, resulta casi imposible alcanzar las metas mínimas de representación. Incluso partidos que se consideran programáticos, se ven forzados a entrar en este juego, pues sin ellos no logran sobrevivir electoralmente.

Entonces, a nivel nacional, los partidos dependen del caudillo y colapsan con su retiro, ya sea por derrota o por el simple fin de su ciclo político. A nivel subnacional, diputados, alcaldes y operadores de votos migran con facilidad hacia nuevas plataformas según la oferta más conveniente, reproduciendo en cada elección un escenario donde los mismos actores reaparecen bajo distintas banderas.

El Estado como botín y el costo de la victoria

Existe un reconocimiento general de que parte de la clase política guatemalteca no busca un poder político orientado a las políticas públicas, sino un poder económico. Ser parte de un partido—incluso fundar un partido—se concibe como un mecanismo para acceder a recursos y rentas. El presupuesto de obras públicas aparece como el eje central de esta lógica. Esto se debe a la fuerte dependencia del Estado guatemalteco de contratistas externos para la ejecución de obras y el amplio margen de incidencia que poseen alcaldes y diputados en su administración. Esta dinámica es particularmente relevante para los caciques mencionados anteriormente, pues las negociaciones de candidaturas entre partidos suelen implicar que el cacique (convertido en candidato) financie su propia campaña.  Aquí, contratistas, empresarios o redes ilícitas se convierten en fuentes de apoyo que luego exigen contratos y comisiones a cambio, compromisos que los políticos deben cumplir una vez electos.

De esta realidad presentada por los entrevistados se desprenden dos dinámicas. Primero, la proliferación de los “Partidos S.A.”: organizaciones políticas concebidas como sociedades anónimas destinadas a repartir recursos antes que a representar ideologías. Sus bancadas en el Congreso no se mueven por afinidad programática, sino por acceso a los fondos. Segundo, la dificultad de mantener bancadas unidas, incluso en partidos que intentan mayor organización y coherencia ideológica, debido al autofinanciamiento de sus candidatos.  Un entrevistado explica la lógica interna que puede enfrentar un diputado: Ya que me tocó financiarme y/o buscar financiamiento para mi campaña, el escaño no es de un partido, sino me pertenece a mí.” 

En consecuencia, el sistema partidario oscila entre organizaciones que existen para acceder a los recursos del Estado y otras que, aunque no lo estén, terminan fragmentadas por la venta de candidaturas y los intereses individuales de los electos, quienes deben pagar el costo de su victoria. Ambos escenarios reproducen una política de corto plazo, donde el objetivo no es construir institucionalidad sino recuperar la inversión electoral utilizando al Estado como botín. 

Sustitución de funciones partidarias

Algunos entrevistados señalan la sustitución de funciones partidarias por otros actores como una de las razones centrales de la debilidad del sistema partidario. En el caso de la izquierda, varios entrevistados destacaron que el hecho de que la firma de los Acuerdos de paz se hiciera diez años después de la apertura democrática del país, dejó a amplios sectores sociales fuera de la vida política durante un momento crucial de reconstrucción institucional.  Al no encontrar espacios en los partidos existentes antes de la paz, o no considerarlos viables, muchas agendas sociales se canalizaron a través de organizaciones no gubernamentales y de la cooperación internacional, debilitando el papel partidario como canal de demandas ciudadanas.

Por su parte, en la derecha, gran parte del sector privado, acostumbrado a incidir directamente durante la etapa pre-democrática, mantuvo su influencia sin necesidad de partidos institucionalizados. Lo hizo a través de cámaras empresariales y mecanismos de presión directa o indirecta sobre el Estado. En ambos casos, tanto la ciudadanía organizada como las élites económicas encontraron vías alternativas a los partidos para articular sus intereses. Esto reforzaría la percepción de que los partidos no son necesarios para la representación política y contribuiría a su debilitamiento,  lo cual se vería reflejado en los bajos niveles de confianza ciudadana hacia la institucionalidad partidaria en general. 

Ausencia de capacitación, formación y educación política

Existe un consenso amplio sobre la ausencia de educación política, no solo en la población general, sino dentro de los propios partidos. Por una parte, se reconoce que el conflicto armado y los períodos de dictadura militar limitaron los cuadros intelectuales en la política y en las organizaciones partidarias. Esto dejó a una generación sin experiencia en militancias partidarias. Al llegar la democracia, y más tarde la paz, esta ausencia se habría hecho  evidente: pocas personas se identificaban con un partido o participaban activamente en su vida interna. 

Los entrevistados coincidieron en que los partidos debieron—pero no lo hicieron—invertir en capacitación de cuadros, centros de pensamiento, congresos ideológicos, programas de formación en políticas públicas y espacios de militancia. Algunos señalaron que la falta de recursos explica parte de esta omisión, ya que los partidos rara vez cuentan con financiamiento para operar fuera de las campañas electorales. Sin embargo, también reconocieron que los caudillos partidarios han evitado promover la formación política por, entre varias razones, temor a que surjan rivales internos capaces de disputarles el liderazgo.  Si bien la cooperación internacional impulsó múltiples proyectos de formación de cuadros —especialmente dirigidos a mujeres, jóvenes y representantes indígenas—, algunos reconocen que los propios partidos tendieron a excluir a estos liderazgos por temor a que disputaran el control interno. El resultado ha sido la consolidación de partidos como cascarones vacíos, sin base militante ni estructuras duraderas. Sus candidatos provienen de redes externas—empresariales, locales o sociales—y se unen a partidos por conveniencia electoral.

Campañas anémicas y debate político inexistente

Este contexto de partidos débiles se refleja directamente en la naturaleza de las campañas electorales. Ante la ausencia de organizaciones cohesionadas por ideologías o programas, las campañas dejan de ser una competencia de ideas y se convierten en ejercicios de movilización de recursos para captar votos. En este esquema, el clientelismo ocupa un lugar central: los votantes no son convocados a través de debates, sino mediante regalos y favores. Esta lógica tiene raíces históricas que consolidaron la expectativa de que los políticos y partidos deben proveer beneficios inmediatos y tangibles, más que proyectos de largo plazo. Así, la compra de votos no solo se normalizó, sino que se volvió eficaz, reduciendo la política a una transacción. 

La fragmentación extrema del sistema refuerza esta dinámica. En un país con tantos partidos compitiendo, es posible ganar una alcaldía, una diputación o incluso pasar a la primera vuelta presidencial con apenas un 10–15% de los votos. No existe incentivo para construir campañas amplias y programáticas cuando basta con movilizar a un porcentaje relativamente bajo de electores mediante incentivos materiales. A ello se suma una legislación electoral restrictiva que impide hacer campaña fuera de los periodos oficiales. Aunque en teoría busca reducir gastos y “adelantos” indebidos, en la práctica limita los espacios de debate político. El resultado son campañas cortas, intensas y centradas en maquinaria clientelar, con mínima deliberación ciudadana.

Según varios entrevistados, una consecuencia directa de esto es una política sin conversación, donde el votante no elige entre proyectos de país, sino entre quién le ofrece más en el corto plazo. Dentro del círculo vicioso señalado por los actores políticos, un sistema con debate restringido y campañas limitadas actúa tanto como consecuencia como causa de la debilidad del sistema de partidos. Así, en lugar de fortalecerse, los partidos siguen vaciándose de contenido.

Un círculo vicioso y renovante

La interacción de estos cinco factores presentados por los entrevistados genera un ciclo de fragilidad que ellos mismos describen con frustración: un sistema que depende y premia el personalismo, con sus caudillos y caciques; candidatos electos que priorizan agendas económicas sobre políticas; una ausencia generalizada de formación política; y campañas concebidas para movilizar recursos en lugar de ideas. El ciclo se retroalimenta, pues cada factor refuerza la existencia de los demás, haciendo imposible la consolidación de partidos duraderos e institucionalizados.

Una noción mencionada por varios entrevistados, ajena a las dinámicas internas de los partidos pero vinculada a los cinco factores anteriores, es que el sistema partidario guatemalteco es así por el mismo chapín. Según la visión de numerosos actores políticos, el votante guatemalteco no vota por programas, sino por la persona, lo que refuerza la centralidad del caudillo y de sus caciques. El elector, movido por beneficios inmediatos, vota por quien le entregue una bolsa de comida, un electrodoméstico o incluso una simple decoración para la antena del carro. Bajo esta lógica, los partidos dependen de campañas repartidoras de obsequios para alcanzar el poder. La falta de educación política, señalan los que proponen esta visión, lleva a que los ciudadanos no exijan ideología ni programas; en consecuencia, los partidos tampoco se ven obligados a ofrecerlos ni a invertir en formación cívica. “¿Para qué hablar de ideologías, si el chapín no sabe qué es una ideología?”, resume un entrevistado. Desde esta perspectiva—derrotista y exculpatoria—el sistema de partidos sería como es, no por responsabilidad de sus dirigentes, sino por la naturaleza misma de sus votantes.  En este diagnóstico, los propios actores políticos justifican su incapacidad —o falta de voluntad—para “jugar” la política de otra manera: el círculo vicioso está inscrito en el comportamiento ciudadano.

Es importante subrayar, sin embargo, que la descripción anterior del sistema de partidos refleja las opiniones de 30 actores políticos entrevistados, y no aplica a todas las organizaciones y partidos. Guatemala ha visto agrupaciones políticas que han intentado construir plataformas programáticas, invertir en formación y sostener líneas ideológicas claras. Algunas de ellas han terminado canceladas por disposiciones legales o por no alcanzar los umbrales exigidos. Otras han logrado sobrevivir durante décadas, aunque en muchos casos más por la permanencia de sus caudillas o por la decisión de sus líderes de mantener estructuras pequeñas, que por un verdadero proceso de institucionalización. 

Entonces, ¿por qué el sistema de partidos guatemalteco es así? La debilidad del sistema de partidos guatemalteco puede explicarse no por una única causa, sino por la convergencia de factores históricos, estructurales y prácticos que se han consolidado durante décadas. Los propios actores políticos aseguran  que el sistema reproduce incentivos que perpetúan liderazgos efímeros, clientelismo y fragmentación. De ser así es poco probable que el número y la institucionalidad partidaria en Guatemala alcancen los niveles de sus pares regionales mientras estas condiciones persistan. Sin embargo, elecciones anteriores muestran que la demanda de cambio existe y que una parte del electorado busca agendas, programas y una forma distinta de hacer política. Algunas agrupaciones ya están intentando recorrer este camino. Si más partidos lo hicieran, la democracia guatemalteca se vería fortalecida.

Henrique
Henrique Arévalo Poincot

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