Steven Levitsky y Daniel Ziblatt,[1] en su libro La Dictadura de la Minoría, sostienen que, en sistemas con democracias sanas, los grupos extremistas antidemocráticos son tratados como parias y rechazados categóricamente por los medios. No hay modo en que grupos abiertamente autoritarios actúen en contra del sistema democrático sin que esto conlleve un alto precio a pagar. Las graves consecuencias no solo recaen sobre estos, sino que se extienden a quienes establecen vínculos públicos o privados con aquellos. De otra forma el efecto disuasorio del régimen no tendría la efectividad que requiere en etapas de vaivén político o cuando la democracia atraviesa horas bajas.
Hasta hace poco, América Latina había permanecido ajena a la influencia de propuestas políticas de derecha radical que, en mayor o menor medida, habían permeado los sistemas políticos de países europeos. Expresiones políticas como la de Vox en España, el partido PIS en Polonia, el gobierno de Viktor Orbán en Hungría y la presidencia de Giorgia Meloni en el Consejo de Ministros de Italia, son el reflejo de espacios políticos que albergan a una ultraderecha antidemocrática que ha ganado simpatizantes en Europa, con notable éxito entre una parte de los votantes jóvenes.
Sin embargo, en los últimos años, la derecha ultraconservadora ha ganado terreno en el continente americano, en el que la juventud despolitizada se perfila como un objetivo vulnerable. Estas propuestas antidemocráticas se han valido de una retórica anti derechos que apela a la nostalgia del pasado y a la construcción de un enemigo común a vencer con el objetivo de instaurarse en el poder. Una vez dentro, erosionan las instituciones democráticas del país. Para Levitsky y Ziblatt[2] estas formas de expresión política rompen con tres premisas esenciales de la vida en democracia:
- la aceptación de los resultados de unas elecciones libres y justas, independientemente del resultado;
- el rechazo sin ambigüedades al uso de la violencia, o su amenaza, para conseguir o aferrarse al poder;
- romper con los extremistas antidemocráticos, aunque esto suponga sacrificar rédito político.
Desde el trumpismo en los Estados Unidos, hasta la llegada al poder de Javier Milei en Argentina y el asalto de los simpatizantes de Jair Bolsonaro a las instituciones en Brasil, las manifestaciones de una derecha vaciada de contenido democrático son cada vez más evidentes en el continente americano. Estas, sin embargo, adquieren características particulares en el territorio derivadas de su configuración institucional presidencialista. Pero, ¿qué es lo que ha contribuido al avance de la extrema derecha antidemocrática en América Latina y por qué está ganando atractivo con electores especialmente jóvenes?
El desencanto con la democracia en América Latina
De acuerdo con el informe del Latinobarómetro de 2024,[3] el apoyo a la democracia tuvo un leve repunte a nivel regional, en comparación con el estudio anterior de 2023. Dicho repunte representa el aumento más significativo de apoyo a la democracia de los últimos catorce años. Sin embargo, aquellos quienes consideran que “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno” apenas superan el 50% de las personas encuestadas. El indicador de satisfacción con la democracia arroja resultados aún inferiores, con tan solo un 33% de población latinoamericana satisfecha con el desempeño de la democracia en su país.
Tanto el bajo apoyo como, sobre todo, la baja satisfacción con el régimen democrático son síntomas del incremento de la antipolítica entre la ciudadanía latinoamericana. Es decir, la tendencia de la población a asociar la política con algo “sucio”, ineficiente, o asociado a la corrupción, como producto del desencanto de las masas con la forma de gobernar de los políticos, pese a las transiciones democráticas de finales del siglo pasado que prometían algo diferente. Esta desafección ha sido instrumentalizada por outsiders del sistema que marcan distancia con los políticos tradicionales bajo el mantra de “restaurar el orden” o de “volver a hacer grande la nación».
La llegada al poder del presidente Javier Milei en Argentina, con un fuerte respaldo de la juventud (69% de la intención de voto de los menores de 24 años),[4] responde a esta lógica que replica la moda trumpista. Pero no es el único caso. La extrema derecha antidemocrática ya había encontrado antes su manifestación en Brasil con el expresidente Jair Bolsonaro y, más recientemente, con el ascenso de los discursos de extrema derecha en Chile que surgieron como respuesta a la constituyente impulsada por el presidente Gabriel Boric.
La estrategia de estas fuerzas políticas consiste en captar votos emocionales de un grueso de la población que ejerce la política a través del rechazo a la misma. Esta desconexión y distanciamiento con la política deja a la ciudadanía en una situación vulnerable ante manipulaciones populistas y alternativas radicales que, aunque varían en las formas, mantienen el mismo objetivo que los partidos políticos tradicionales: el acceso al poder.
Figuras en América Latina como Agustín Laje, Nicolás Márquez y Axel Kaiser comparten un enfoque reaccionario que se sustenta en una narrativa ultraconservadora que abre la puerta a una batalla cultural en el tejido social de los países de la región. En la era de las redes sociales, estos discursos antidemocráticos han encontrado un altavoz mediático en las plataformas digitales, que hoy en día se han convertido en la principal fuente de información de la juventud. Haciendo uso de formatos atractivos, que difícilmente invitan a una reflexión profunda sobre la problemática, los mensajes calan en la forma de pensar y de posicionarse (o no) políticamente de un nicho poblacional que, reforzado por el algoritmo, aumenta su aversión a la política y a la democracia.
El discurso que manejan estos actores ha servido como vehículo para la difusión de ideas de la derecha radical latinoamericana, incluso antes de que estas ideas encontraran expresión política en puestos de poder. La narrativa se caracteriza por el hecho de que la contraparte deja de ser vista como un adversario político y se convierte en un enemigo existencial con el que no cabe la posibilidad de negociar y/o construir una democracia. De modo que sus líderes mantienen una relación ambigua con el régimen democrático que se basa, entre otros principios, en el pluralismo, la construcción de consensos y la garantía de derechos y libertades para todos y todas.
Bajo principios antidemocráticos, la oferta política de la extrema derecha ha encontrado el lenguaje político adecuado para que la ciudadanía, precarizada en términos materiales (desempleada, con salarios bajos o sin acceso seguro a vivienda) y existenciales (el hombre mestizo/blanco que pierde terreno frente a grupos históricamente excluidos o migrantes), exprese su malestar sin limitaciones morales. En una época en la que la juventud, a pesar de haber vivido toda su vida en democracia, no percibe cambios sustanciales en sus condiciones de vida, alternativas antidemocráticas de extrema derecha tocan la puerta, posicionándose como vehículo para canalizar la inconformidad.
Encima, la derecha radical en América Latina se erige sobre liderazgos disruptivos en los que la ciudadanía, permeada por la antipolítica, ve una válvula de escape y una forma de manifestar su frustración hacia los políticos tradicionales. Esto convierte a la región en terreno fértil para la propagación de una forma radical de interpretar el mundo.
La juventud guatemalteca: carne de cañón para la derecha antidemocrática
En la historia reciente de Guatemala, la juventud guatemalteca ha sido un actor clave en los procesos de protesta y movilización, como ocurrió en 2015, o más recientemente en el proceso electoral de 2023, en la defensa de los resultados ante el embate golpista del Ministerio Público que pretendía traerse abajo las elecciones, bajo la consigna del “fraude electoral”. A pesar de su rol protagónico en las últimas elecciones, la desafección de una buena parte de la juventud por la política, y su nivel de rechazo hacia los partidos políticos, son elevados.
Si bien la juventud del país se ha mantenido a salvo de la corriente de voto ultraderechista que ha azotado a Europa, a Estados Unidos y a algunos países de Sudamérica, esta se encuentra en una situación de compleja vulnerabilidad. De acuerdo con la encuesta realizada por World Vision en 2023,[5] el 76% de los jóvenes guatemaltecos tienen poco o nada de confianza en los partidos políticos, lo que coloca en posición de ventaja a opciones radicales, populistas, outsiders y demás oportunistas que busquen capitalizar políticamente ese descontento.
La encuesta también arroja resultados que ponen en entredicho el compromiso de los jóvenes con el régimen político democrático. Si bien, cerca del 49% de la juventud prefiere la democracia a un gobierno de corte autoritario (18%), hay un 23% que se muestra indiferente, lo que en suma deja a más de un 40% de los jóvenes con un compromiso democrático laxo.
Aunque los números sobre el apoyo a la democracia en jóvenes guatemaltecos (49%) son mayores al promedio nacional de estudios como el Latinobarómetro, el cual refleja un 29% de apoyo para el año 2023, lo más preocupante se extrae al formar grupos etarios de la población jóven estudiada. La encuesta de World Visión arroja que entre las edades de 25-29 años, el apoyo a la democracia es más alto (51%) que el promedio, mientras que el apoyo a una alternativa autoritaria es menor (15%). Sin embargo, para el grupo de jóvenes de 20-24 años el apoyo a la democracia es del 48%, mientras que al apoyo a un gobierno autoritario en determinadas circunstancias es del 19%.
De los datos presentados se puede extraer que, entre los grupos más jóvenes en edad de votar, el respaldo a la democracia es ligeramente menor, mientras que el apoyo al autoritarismo incrementa en comparación con el grupo de jóvenes de mayor edad. Esto puede deberse, en parte, a las insatisfacciones que han producido los gobiernos durante la época democrática que han contribuido, por el contrario, a su erosión paulatina, sumado a los efectos sociopolíticos de la pandemia. De modo que para la juventud, vivir en democracia no lleva aparejado un futuro mejor o condiciones de vida más elevadas que refuercen o incentiven su vocación democrática.
En un ecosistema político en el que la palabra “fascismo” recupera significados peligrosos alrededor del mundo, la influencia de la extrema derecha antidemocrática coquetea con ciertos sectores del electorado latinoamericano, entre ellos los jóvenes, por lo que resulta importante detectar los signos de historias que se repiten. Para ello, la juventud de la región debe reconectar con la política cuanto antes, porque no hay peor riesgo para la democracia que una ciudadanía desinteresada, desmotivada o incluso asqueada de la política. La resignación de dejar de participar no es la solución, sino por el contrario, es el primer paso para la manipulación de quienes ostentan, o pretenden ostentar el poder bajo cualquier fórmula, incluso una abiertamente antidemocrática.
Guatemala está cerca de adentrarse en un nuevo proceso electoral, y las juventudes, que hoy en día representamos a la mayoría de la población guatemalteca, tenemos una nueva oportunidad de ejercer un rol protagónico en él para encauzar el trayecto democrático del país. En ese sentido, es importante que el Tribunal Supremo Electoral redoble esfuerzos para reducir la brecha de empadronamiento, especialmente en jóvenes que nos hemos visto vedados de nuestro derecho al voto entre los formalismos, la falta de información y el propio desinterés por participar.
No obstante, para la sostenibilidad del sistema democrático, también es importante que como juventud nos reencontremos con la política, participemos activamente en los espacios a nuestro alcance con la intención de abrirlos para más jóvenes y, sobre todo, que nos unamos a los esfuerzos que se han emprendido por combatir la desinformación en las redes sociales, y contrarrestar con ello los discursos antidemocráticos que han hecho eco en la región. El BOT Sentinel[6] y la Digital Polarization Initiative,[7] por ejemplo, ofrecen propuestas innovadoras para enfrentar la desinformación en las plataformas digitales y reducir los riesgos asociados a la polarización extrema. Solo ante una ciudadanía informada, participativa y politizada, las narrativas ultraconservadoras y antidemocráticas perderán adeptos. Ya será tarea del sistema político generar nuevos incentivos para que la juventud se reconcilie con el régimen democrático.
[1] Steven Levitsky. La Dictadura de la Minoría. (Barcelona, España: Ariel, 2024).
[2] Ibid.
[3] Corporación Latinobarómetro. Informe Latinobarómetro 2024: La Democracia Resiliente. Santiago de Chile: Corporación Latinobarómetro, 2024. https://www.latinobarometro.org/lat.jsp.
[4] Borja Andrino y Montse Hidalgo Pérez, ¿Quién ha votado a Milei? Así son sus apoyos por edad, género o territorio. El País. 2023. https://elpais.com/argentina/2023-11-21/mapa-quien-ha-votado-a-milei-asi-son-sus-apoyos-por-edad-genero-o-territorio.html
[5] World Vision, Encuesta Juvenil 2023, (Guatemala, 2024).
[6] https://botsentinel.com/info/about
[7] https://adpaascu.wordpress.com/category/digital-polarization-initiative/