Reseña: “Para una teología política del crimen organizado” de Claudio Lomnitz
Por Daniel Núñez

El libro “Para una teología política del crimen organizado” de Claudio Lomnitz[1] es una reflexión profunda sobre cómo el crimen organizado en México ha generado sus propias formas de legitimidad, autoridad, moral y soberanía en un contexto de debilitamiento estatal y reconfiguración del campo religioso. Tomando como punto de partida el canibalismo –práctica insólita hace unas décadas, pero cada vez más común en la actualidad– Lomnitz se embarca en un análisis interdisciplinario, oscuro y fascinante, que mezcla antropología, sociología, historia y filosofía política para iluminar otra cara de este mundo al que por lo general sólo tenemos acceso de manera superficial a través de los reportes sensacionalistas de los medios de comunicación.

El autor comienza el libro analizando el caso de Adolfo de Jesús Constanzo y los llamados “narcosatánicos”, una organización tildada de “secta” por los medios de comunicación mexicanos a finales de los años ochenta y principios de los noventa, que fue acusada de realizar sacrificios humanos para beneficio de sus miembros y clientes de diversa índole, entre ellos narcotraficantes. En lugar de considerarla un grupo de gente bizarra que practicaba el palo mayombe, Lomnitz argumenta que esta en realidad era una organización que giraba alrededor de un secreto –el canibalismo– y que marcó el surgimiento de esta práctica tabú en el mundo criminal en el México del presente. A diferencia del canibalismo del pasado, el autor afirma que este “nuevo canibalismo”[1] cumplía la función de sellar un pacto secreto entre los miembros de la organización, quienes además ofrecían protección e invisibilidad a sus clientes. Con el tiempo, los servicios de la organización se fueron haciendo más populares en el mundo criminal y crecieron aún más con el auge de la cocaína durante esos años.

Después de esto, Lomnitz analiza la “soberanía narca”[2] que intentan construir las organizaciones criminales de frente a la soberanía estatal. Por su misma naturaleza ilegal y oposición perenne al Estado, el autor argumenta que las organizaciones criminales no pueden establecer una soberanía trascendental, como sí lo puede hacer el Estado por medio de la legalidad, sino que se sirven de otros medios, más invisibles o espectrales, con los que establecen su presencia en el día a día. La invisibilidad juega un papel fundamental en esta situación, ya que es la que permite que los miembros del crimen organizado existan siempre en un mundo de luces y sombras y que cambien de papel entre la autoridad de un rey o soberano y la de un “trickster”, es decir, “un personaje dotado de un intelecto sobresaliente, que tiene conocimientos secretos y que usa su inteligencia para desobedecer convenciones y reglas, engañar a sus semejantes y, ante todo, para salirse con la suya”.[3]

La práctica del canibalismo emerge nuevamente con fuerza durante la llamada “guerra contra las drogas” en los años 2000, cuando las organizaciones criminales competían ferozmente entre sí y habían desarrollado complejos ritos de reclutamiento e iniciación. Para entonces, el autor argumenta que el canibalismo ya cumplía las dos funciones antes señaladas: la de dar invisibilidad y la de mantener la lealtad entre los miembros de las organizaciones que lo practicaban. Importantemente, señala que, en esta etapa, el canibalismo deja de ser una práctica secreta y pasa a ser un acto público de guerra, un acto de “terrorismo”, utilizado para atemorizar a organizaciones opositoras.[4] También menciona algunos casos reportados en los que narcotraficantes han involucrado a personas ajenas a ellos en “banquetes caníbales”, en los que nadie sabe a ciencia cierta si comió carne humana o no, para forzar un sentimiento de complicidad,[5] y algunos otros casos documentados por la prensa en los que grupos de narcotraficantes se han alimentado y han alimentado a otros con carne de migrantes centroamericanos que han secuestrado en su camino hacia los Estados Unidos.[6] Con esto último, Lomnitz afirma que el canibalismo “ha pasado a ser un elemento prosaico de una economía organizada por una casta de guerreros que vive de otra casta, los migrantes centroamericanos, sus presas de caza”.[7]

El autor continúa hablando sobre el debilitamiento del Estado mexicano y la reconfiguración del campo religioso durante las últimas décadas, procesos que han permitido que emerjan nuevas formas de moral que han redefinido la relación entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos. Modificando la popular frase “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”, Lomnitz nos dice que la nueva moral puede resumirse con la frase “A Dios lo que es de Dios y al Diablo lo que es del Diablo”.[8] Esta nueva moral, afirma, gira en torno a deidades “bisagra”, como la Santa Muerte, San Nazario, San Judas Tadeo o Jesús Malverde, figuras que conectan el mundo criminal con el mundo de la legalidad, o que son capaces de “tender puentes entre la tradición católica y el pecado grave, que es un requisito indispensable en las economías ilícitas”.[9] La familia y, en especial, las mujeres, también funcionan como puntos de intermediación entre ambos mundos, ya que mientras los hombres se mueven en la criminalidad, las mujeres y las familias se mueven en la legalidad, asistiendo a la iglesia, a bodas, bautizos, fiestas de cumpleaños y otras celebraciones en donde se relacionan con la “gente de bien”.

Utilizando el trabajo del sociólogo Georg Simmel, Lomnitz asegura que las organizaciones criminales, por su naturaleza secreta, tienden a la aristocratización de sus miembros, lo cual los transforma en una casta separada del resto de la sociedad. Esta aristocratización es evidente en el tratamiento que tienen los señores del narco en el Panteón Jardines de Humaya, en Culiacán, Sinaloa, en donde están enterrados varios capos famosos en mausoleos que “monumentalizan” a sus familias[10] y que además sirven como vehículos para establecer su trascendencia después de la muerte. El autor argumenta que además se pueden identificar dos castas adicionales a lo interno de estas organizaciones criminales: la de los allegados a los capos, cuyas tumbas son individuales y no establecen trascendencia, y la de los “jovencitos” que quieren formar parte de ellas, quienes con frecuencia terminan sus vidas de forma trágica y son enterrados en fosas comunes o simplemente desaparecen. El autor señala por último que tanto la aristocracia como las otras dos castas mantienen una interrelación con el resto de la sociedad y el Estado por medio de contubernios políticos y empresariales y las ya mencionadas deidades bisagra.

Hay dos características valiosas del libro de Lomnitz que me gustaría resaltar. Primero, es muy iluminador el abordaje que hace el autor del canibalismo como práctica que ha cumplido diferentes funciones en la historia reciente mexicana. A diferencia del canibalismo precristiano, que estaba regido por la tradición, Lomnitz afirma que el canibalismo actual es una práctica tabú que puede cumplir funciones adicionales a las que cumplía antes, “para sellar un acuerdo inconfesable, por ejemplo, pues quienes han comulgado en el asesinato y en el consumo de la carne de una víctima compartirán un secreto que, si se hiciera público, los condenaría”.[11] Esta es una observación vital que no sólo nos hace conscientes de la magnitud de la transgresión, sino también de cómo una práctica colectiva, secreta por naturaleza, puede tener implicaciones más allá de las funciones sociológicas clásicas que se le atribuyen a los rituales (como reafirmar lazos de solidaridad, por ejemplo). Después de esta aclaración, Lomnitz discute, de forma sistemática y ordenada, cómo el canibalismo asociado con los llamados narcosatánicos hace casi cuatro décadas cumplía las funciones de dar invisibilidad y construir pactos de silencio, pero con la guerra contra las drogas en los años 2000, el canibalismo pasa a ser también un método de reclutamiento e iniciación, un arma de guerra, un mecanismo para forzar la complicidad de personas externas a estos grupos criminales, y un componente de una economía de castas. Así, el autor muestra cómo el significado y las funciones de una práctica han ido variando con el tiempo conforme ha ido cambiando el contexto social.

El segundo aspecto del libro de Lomnitz que encuentro sumamente valioso es que muestra que el crimen organizado en México, lejos de estar compuesto por estructuras económicas criminales que funcionan de forma “paralela” o “por fuera” del Estado, es en realidad una sociedad compleja, con sus propias estructuras y formas de legitimidad, autoridad, moral y soberanía, que mantiene una relación claroscura y profunda con su entorno social. Esto es evidente en las secciones que hablan sobre las nuevas formas de religiosidad que han surgido alrededor de las llamadas deidades bisagra y en las discusiones de cómo estas organizaciones alternan entre ambos mundos dependiendo de las circunstancias. También es evidente en el análisis de los casos de los banquetes caníbales y los que han involucrado el secuestro y asesinato de migrantes centroamericanos. Más allá de señalar que la frontera entre las organizaciones criminales y el Estado es difusa o que existen intereses compartidos o contubernios a escala, el autor muestra que lo que ocurre en el México actual es un fenómeno teológico-político que está reconfigurando las bases morales de la sociedad mexicana y la relación entre el “bien” y el “mal”. Así, el libro nos invita a repensar la relación entre el crimen organizado y el Estado más allá de las narrativas dominantes –a menudo superficiales, maniqueas y parciales–, por lo general promovidas por el Estado mismo. El trabajo seguramente será de mucha utilidad para académicos, investigadores, periodistas y analistas que deseen profundizar en las prácticas y evolución del crimen organizado en México durante las últimas décadas, y en su relación política y cultural con la sociedad mexicana actualmente.

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[1] Claudio Lomnitz, “Para una teología política del crimen organizado” (Ciudad de México: Ediciones Era/El Colegio Nacional, 2023). Esta es la versión Kindle, por lo que las referencias a las páginas pueden variar con la edición física.

[1] p. 9.

[2] p. 57.

[3] p. 62.

[4] p. 81.

[5] p. 83.

[6] p. 91.

[7] p. 91.

[8] p. 103.

[9] p. 167.

[10] p. 140.

[11] p. 9.